Después de una década de dimes y diretes, dos absoluciones que olían a cosa juzgada y más giros que una telenovela, la justicia peruana finalmente ha parido su veredicto en el caso Bermejo. Y, ¡qué criatura tan extraña! Una condena que se lee menos como un acto de certeza jurídica y más como el guion de un reality show donde el premio es una celda en un penal. La Sala, harta de tanto empate, decidió que a la tercera no iba la vencida, sino la condenada.
El caso entero parece extraído de un manual de chismes glorificado a prueba judicial. La acusación se sostiene en un coro de colaboradores eficaces, esos personajes tan nuestros que cantan la melodía que el fiscal les pone en el pentagrama a cambio de un descuento en su propia condena. Nos cuentan historias de viajes a campamentos místicos, de adoctrinamientos secretos y de un misterioso USB que, al parecer, contenía los planos para dominar el mundo. Un relato fascinante, digno de Netflix, con un pequeño problema: de pruebas materiales, ni el USB, ni el dinero, ni un miserable selfie. Es un caso construido sobre la base del «te lo juro por Dieguito Maradona», donde la palabra de un arrepentido vale más que la ausencia de cualquier evidencia.
La Sala, en un alarde de creatividad, nos dice que los testimonios se «corroboran entre sí». ¡Brillante! Es el equivalente a que un grupo de amigos se ponga de acuerdo para contar la misma mentira y el juez concluya que, como todos coinciden, debe ser verdad. Es una corroboración circular, un eco en una habitación vacía que se confunde con una orquesta sinfónica. Mientras tanto, el acusado presenta registros migratorios, agendas de eventos públicos y una vida que transcurría a kilómetros de la selva en las fechas clave. Pero ¿a quién le importan los hechos cuando se tiene un buen relato?
Luego viene la joya de la corona: la prueba indiciaria. El gran pecado de Bermejo, al parecer, fue tomarse fotos. Se reunió en eventos públicos con gente que, ¡sorpresa!, años después fue condenada por terrorismo. La justicia peruana ha inaugurado así la «culpabilidad por proximidad fotográfica». Bajo esta lógica, medio Lima estaría en problemas por haberse cruzado en una pollada con algún futuro delincuente. Es el viejo refrán del «dime con quién andas y te diré quién eres», elevado a doctrina jurisprudencial. Una pereza intelectual disfrazada de sagacidad judicial.
Incluso la pena tiene un toque de comedia negra. Después de declarar a Bermejo un peligroso afiliado a una organización terrorista, la Sala le dice: «Pero como nos hemos demorado diez años en descubrirlo, te hacemos un descuentito». Es como si el verdugo, antes de accionar la guillotina, te ofreciera un analgésico por las molestias. Es el reconocimiento tácito de que todo el proceso ha sido un despropósito, un castigo en sí mismo que ahora intentan maquillar con una rebaja de oferta.
Así que, después de todo este circo, Bermejo, un hombre de izquierda que detesta a Sendero Luminoso tanto como Sendero lo detesta a él, termina condenado por ser su supuesto afiliado. Es un final tan absurdo que solo puede explicarse como un acto de fe. La Sala no necesitaba pruebas; le bastaba con creer.
Al final, no han condenado a un terrorista; han canonizado al chisme como prueba reina del derecho penal.
Comentarios
Publicar un comentario